PALIMPSESTO
Por Isabel A. Hermosillo
Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo.
La rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
– Alejandra
Pizarnik
“Es como una fotografía” – pensó mientras se
ajustaba bien la Leica que colgaba pesadamente de su cuello. Caminaba por una
calle solitaria y quizá se
tambaleaba un poco por el vino o por el cansancio, no podía saberlo con exactitud. Apresuraba el paso de poco a poco,
casi obligado por las manecillas del reloj que tenía guardado en el abrigo; debía llegar al cabaret lo antes posible, Rodri iba a
estar ahí y no debía llegar tarde. Sacó un pucho del
fondo del abrigo, no sin antes asegurarse que la lluvia no se lo iba a mandar
al carajo aunque apenas era ya una breve
llovizna, el último sollozo de las nubes antes de recuperarse del
llanto.
Tal vez no debió aceptarle el vino a Sarita, pero se estaba tan bien ahí en su
departamento, los dos colmándose de fotos y de porros mientras ella alababa a su adorado Rodri,
-patrocinador de ese precioso vestido blanco que sabía abstraerse mágicamente en el particular fondo que la rodeaba-. Lucas la veía
embelesado, enmarcada por una ventana alta donde las gotas de la lluvia
resbalaban lentas, convirtiendo a las luces amarillentas de los faroles en minúsculos
calidoscopios de colores; era como ver una fotografía en movimiento que constante repetía “Rodri, Rodri”.
Sarita lo había llamado
algunos
días antes, pidiéndole
con urgente insistencia
una sesión fotográfica, a sabiendas que después de Romina, él había jurado alejarse de las mujeres como musas en su
fotografía. “Necesito algo nuevo para promocionar estos vestidos,
Lucas. Anda, di que podrás, tú más que nadie
sabes lo mal que anda el negocio y no confío en nadie más, necesito tu talento.
Ya está cerca el Festival de Diseño, debo
convencer de nuevo”. Experta en convencerlo desde su postura de damisela
en peligro sin tener un pelo de tonta, también había hecho prometedoras ofertas que Lucas no pudo resistir; entre ellas, la
tentativa oportunidad de ver su firma en el
escaparate oficial de la industria de la moda. Aunque conocía poco ese
universo de las telas y las joyas, le quedaba claro que su amiga era una
respetada diseñadora
conocida principalmente por sus vestidos sobrios, dignos de la elegancia de
mujeres como Audrey Hepburn o Greta Garbo.
Aún así, era comprensible que una chica con su talento estuviera tan mal
posicionada después de haber
probado la gloria de la industria… Rodri, una tentación que se había acercado a ella como un traicionero acceso directo
hacia los grandes nombres internacionales de modistas; de esos que suelen
llevar dentro del bolso las peores sustancias adictivas de la industria junto a
la siempre tentadora agenda telefónica.
Él mismo se
había visto cautivado por el encanto de Rodri más de alguna vez… aquel
trabajo que le consiguió en el
Distrito Federal, en un México tan lejano, para fotografiar a una compañía de danza
muy prometedora. ¡Qué época! Recordaba bien los teatros en la ciudad, la
parafernalia carnavalesca, el exceso de sustancias, las chicas de la compañía de baile,
Romina. La noche de estreno con Romina invitándolo a
tomar un trago después de su debut. Trae tu cámara, Lucas. Lucas el fotógrafo porteño. Aquella noche prometedora que terminó antes de
empezar con el chirrido del metal ardiendo en gasolina… su cámara en el fondo del vehículo…
Romina a un lado, inerte como en las fotografías que aparecieron días después en una
reseña del
evento, junto a los obituarios.
Así
que Lucas había aceptado el trabajo con Sarita, la sombra de
Rodrigo como un fantasma que presionaba el obturador, y menudas fotos habían logrado. Fue hasta el tercer rollo cuando recordó que Rodri lo
había invitado como fotógrafo esa misma noche a la inauguración de un lujoso cabaret. La
sonrisa de tiburón del muy hijo de puta al darle el pase de entrada,
como si hubiera un latente chiste del que no había reparado presencia. Traé tu cámara, che, me servirían unas cuantas fotos, excusa que utilizaban para
persuadirlo. Un porro después y tras haber guardado los rollos se despidió de
Sarita.
Iba algo tarde, pero podría decirle que la lluvia lo había atrapado
justo a la salida del departamento, total, él
sabía que con ese clima le resultaba incómodo caminar gracias a su pierna de palo, un continuo recuerdo de su
visita a México. Además, para la menuda inversión que Rodri había hecho en la nueva línea de Sarita, le convenía que la chica tuviera una sesión
apabullante con tal de recuperar plata… aunque seguramente algo no monetario ya se habían retribuido. No valía la pena preocuparse, así que se
permitió el lujo de
disfrutar la calle mientras fumaba, ensimismándose con el
sonido de sus acuosos pasos en las losas llenas de riachuelos de agua.
“No, más bien es como ir andando en una fotografía” – se rectificó al destapar
el objetivo de la Leica. Una serie de hojas amarillas asemejaban un marco de opacidad otoñal en los canalillos para desviar el agua; resultaba
lindo ver los reflejos de las lamparillas en aquellos mudos charcos que había dejado atrás la lluvia tímida; esos pequeños reflejos
que funcionaban como ventanas a un mundo dentro de otro tan al alcance del
zapato para turbar su inherente fragilidad. Las múltiples fiambrerías y tapicerías que
descansaban sobre la acera estaban sumergidas entre el silencio y la opacidad
de la noche avanzada, poco le importaron los nombres aburridos que las
adornaban, “Los fiambres de la nona” “tapicerías buster”, todo igual, lo mismo. La calle estaba más linda cuando se la desencajaba: era tan lindo ver hacia el canal del
río sin tener que imaginar sus olas…
Si acaso llegó a lamentar algo fue que la cámara no podía inmortalizar el sonido apagado de los árboles, el murmullo acuoso del otro lado de la calle. Aunque bueno,
debía aceptar que captar el mundo a través de un lente que paraliza la perspectiva a través de la mirada fragmentada del objetivo, llevaba
también una suerte de magia cotidiana, una magia que tenía tiempo sin sorprenderlo, pero sí fascinarlo.
“Una mirada desde la lente puede ser una visión del mundo”
– murmuró mientras
colocaba el trípode en posición. Trrrrck, trrrrck crujió el rollo de
la cámara, lo que se le antojó el sonido más satisfactorio entre todos; era como preparar unos lentes especiales
para fragmentar su propia visión, la mirada a través de la Leica. Carraspeó y se inclinó, cerró un ojo, abrió atento el
otro, juntó su mejilla
con la mirilla y ahí estaba: una
notoria oscuridad, los árboles y faroles a la derecha en una calle casi
desierta si no fuera por un par de borrachos tirados en la acera de enfrente,
aquel murmullo a su izquierda que se mezclaba con el lejano sonido de los
cabarets. ¿Es jazz me blues o Save it pretty mama? Save it,
pretty mama sería lo que respondería al refunfuñón reproche tipo-discurso-político de
Rodri si lo sermoneaba por llegar tarde. En fin, preparó el encuadre
y los valores de la cámara, recitándolos como
el buen obsesivo-compulsivo que era; se anticipó a la casi ausente luz semejante al sopor matutino, decidió un tercer plano tan borroso como el recuerdo de una
borrachera, y la velocidad con que se apropió del encuadre fue un registro leve aunque constante
del continuo danzar de los árboles al son del viento frío que le cortaba la piel debajo de los guantes.
El trípode listo,
la Leica en posición, llevó el dedo sobre el obturador y cerró los ojos capturando el momento a ciegas, en un juego donde se
imaginaba el resultado con los valores, pero buscando forzar la sorpresa al
revelar el rollo. 2”5 segundos tardó el obturador
en parpadear, lo demás fue mecánico:
guardar el trípode, ajustarse bien la Leica y pasar de largo a los
borrachos y las fiambrerías cerradas, las puertas multicolores esparcidas
entre casas, la puerta del cabaret para encontrarse con la parafernalia de un
show ya muy avanzado. Lejos en el escenario, las bailarinas daban tres, cuatro
vueltas, sus pies moviéndose en veloces ráfagas de preciosos colores convertidos en atuendos.
“¡Eh Lucas, acá tengo un par de Millers! Escuchó
a alguien gritar desde la barra. Una voz ebria entre
un mar de gente entusiasmada con las chicas en el escenario. Las mesas de
madera oscura estaban ocupadas por hombres grisáceos que ya comenzaban a perder el equilibrio incluso al estar
sentados en las sillas. Los afiches lujosos de corte francés que decoraban la sala reflejaban los rostros enmudecidos de cuanto
pasaba cerca de ellos, la luz de aquel lugar lo fascinó apenas puso
un pie dentro y degustaba las tomas que podría hacer. La
gente se removió en sus
asientos cuando la música cesó, lo cual facilitó el acceso al escenario, lejos de la barra donde las sugerentes luces
iluminaban diversas botellas de alcohol, seduciendo con sus curvilíneos juegos de sombras en el cristal. Ir hacia la vocecilla ebria,
buscar un buen lugar para la foto, ir a la vocecilla, la foto, vocecilla, foto…
Se decidió por el
escenario, mientras lo analizaba buscando algún rostro que pudiera inmortalizar. Las cortinas de terciopelo tinto
con detalles en dorado, además de ser un absurdo elemento cliché para el
cabaret que buscaba transportar a otra época,
podrían enmarcar perfectamente el encuadre… si lo que
quisiera fuera una toma común. No. Pensó en algo más, algo que pudiera destilar más historias.
La vista desde la madera, abriendo la toma a las chicas cuando salieran a hacer
el próximo número, un
acercamiento a sus rostros desde abajo, desde la sobra de las pestañas. O tal vez no tan abajo, tal vez capturar sus movimientos desde los
primeros pasos hacia el centro del escenario. Vio a un grupo de bailarinas
prepararse a salir tras bastidores, calentando lentamente, estirando sus músculos, distendiendo sus cuerpos, creando bellas geometrías efímeras dibujadas con una luz cenital que se traducía en estructuras óseas desconocidas, sus rostros escondidos tras una máscara de sombras. Apoyó la Leica en
el borde del escenario, comenzó su ritual de
los valores; los reflectores eran una belleza para crear duelos constantes
entre sombras y luces, preparó
su escenario como un lienzo impresionista y dejaría que las
chicas danzaran frente a su cámara, frente a él, como espectros que registran obsesivos cada cambio de movimiento… cerró
los ojos, anticipando el deleite.
Trrrrck, trrrrck,
click. Trrrrck, trrrrck, click. Trrrrck, trrrrck, click. Supo que el show iniciaría al percibir sobre sus párpados el
cambio de iluminación y levantó el rostro para ajustar nuevamente los valores de la cámara. Se congeló bajo la
mirada de un rostro ensombrecido, la sombra como unos anteojos oscuros y una
prominente cicatriz en la mejilla, al lado de los delgados labios en una mueca
de sensualidad. Los movimientos delicados de sus manos acompañaban al
cuerpo que se ajustaba geométricamente a otros detrás de ella. La comisura de su boca se elevó
en una sonrisa temblorosa que lo retaba por haberlo
pillado fotografiándola como había prometido
hace tanto tiempo y ahora justo ahí, teniéndose frente a frente, apenas separada ella tras un
mísero
escenario y él con la cámara entre
las manos.
Lucas se giró
bruscamente y pudo sentir la pierna de palo desajustándose de su
cuerpo, reclamando el movimiento abrupto. Dejó
la tapa del objetivo en el escenario. Rodri intentó detenerlo
mientras se tambaleaba ebrio hacia él, exudando
un aliento alcoholizado. “Ehh, Lucas, vení, tomate la cerveza conmigo, ¿viste a las chicas? ¿Las recordás? ¡El 76 en México, che! ¿Qué sorpresa, eh,
Lucas?”.
Como pudo, entre apresurado y ciego, se quitó a
Rodri de encima. Balbuceó cualquier
cosa, corrió a la puerta,
corrió a la
esquina, corrió a la
siguiente. No se detuvo hasta que la cámara dejó de pesarle
tanto en el cuello y la pierna rechinaba la humedad del ambiente, haciéndole
imposible seguir avanzando. Tenía nauseas gracias a la carrera, tal vez al porro; en
su mente como si alguién proyectara una película inconclusa en su cabeza, la sonrisa de Romina el accidente con Romina los obituarios del ’76 las increíbles fotos que le había tomado a Romina hace unos minutos. Sentía un escozor extraño en sus ojos y sentía la brisa fría del viento secando las gotas de sudor que corrían por su
frente. “Son sólo unas fotografías” suspiró. Sabía que observaría las fotos hasta pulverizarse los ojos.