sábado, 22 de marzo de 2014

PALIMPSESTO



PALIMPSESTO
Por Isabel A. Hermosillo






Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo.
La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos
Alejandra Pizarnik



Es como una fotografía pensó mientras se ajustaba bien la Leica que colgaba pesadamente de su cuello. Caminaba por una calle solitaria y quizá se tambaleaba un poco por el vino o por el cansancio, no podía saberlo con exactitud. Apresuraba el paso de poco a poco, casi obligado por las manecillas del reloj que tenía guardado en el abrigo; debía llegar al cabaret lo antes posible, Rodri iba a estar ahí y no debía llegar tarde. Sacó un pucho del fondo del abrigo, no sin antes asegurarse que la lluvia no se lo iba a mandar al carajo aunque apenas era ya una breve llovizna, el último sollozo de las nubes antes de recuperarse del llanto.

Tal vez no debió aceptarle el vino a Sarita, pero se estaba tan bien ahí en su departamento, los dos  colmándose de fotos y de porros mientras ella alababa a su adorado Rodri, -patrocinador de ese precioso vestido blanco que sabía abstraerse mágicamente en el particular fondo que la rodeaba-. Lucas la veía embelesado, enmarcada por una ventana alta donde las gotas de la lluvia resbalaban lentas, convirtiendo a las luces amarillentas de los faroles en minúsculos calidoscopios de colores; era como ver una fotografía en movimiento que constante repetía Rodri, Rodri.

Sarita lo había llamado algunos días antes, pidiéndole con urgente insistencia una sesión fotográfica, a sabiendas que después de Romina, él había jurado alejarse de las mujeres como musas en su fotografía. Necesito algo nuevo para promocionar estos vestidos, Lucas. Anda, di que podrás, tú más que nadie sabes lo mal que anda el negocio y no confío en nadie más, necesito tu talento. Ya está cerca el Festival de Diseño, debo convencer de nuevo. Experta en convencerlo desde su postura de damisela en peligro sin tener un pelo de tonta, también había hecho prometedoras ofertas que Lucas no pudo resistir; entre ellas, la tentativa oportunidad de ver su firma en el escaparate oficial de la industria de la moda. Aunque conocía poco ese universo de las telas y las joyas, le quedaba claro que su amiga era una respetada diseñadora conocida principalmente por sus vestidos sobrios, dignos de la elegancia de mujeres como Audrey Hepburn o Greta Garbo.

        Aún así, era comprensible que una chica con su talento estuviera tan mal posicionada después de haber probado la gloria de la industria Rodri, una tentación que se había acercado a ella como un traicionero acceso directo hacia los grandes nombres internacionales de modistas; de esos que suelen llevar dentro del bolso las peores sustancias adictivas de la industria junto a la siempre tentadora agenda telefónica. Él mismo se había visto cautivado por el encanto de Rodri más de alguna vez aquel trabajo que le consiguió en el Distrito Federal, en un México tan lejano, para fotografiar a una compañía de danza muy prometedora. ¡Qué época! Recordaba bien los teatros en la ciudad, la parafernalia carnavalesca, el exceso de sustancias, las chicas de la compañía de baile, Romina. La noche de estreno con Romina invitándolo a tomar un trago después de su debut. Trae tu cámara, Lucas. Lucas el fotógrafo porteño. Aquella noche prometedora que terminó antes de empezar con el chirrido del metal ardiendo en gasolina su cámara en el fondo del vehículo Romina a un lado, inerte como en las fotografías que aparecieron días después en una reseña del evento, junto a los obituarios.

Así que Lucas había aceptado el trabajo con Sarita, la sombra de Rodrigo como un fantasma que presionaba el obturador, y menudas fotos habían logrado. Fue hasta el tercer rollo cuando recordó que Rodri lo había invitado como fotógrafo esa misma noche a la inauguración de un lujoso cabaret. La sonrisa de tiburón del muy hijo de puta al darle el pase de entrada, como si hubiera un latente chiste del que no había reparado presencia. Traé tu cámara, che, me servirían unas cuantas fotos, excusa que utilizaban para persuadirlo. Un porro después y tras haber guardado los rollos se despidió de Sarita.

Iba algo tarde, pero podría decirle que la lluvia lo había atrapado justo a la salida del departamento, total, él sabía que con ese clima le resultaba incómodo caminar gracias a su pierna de palo, un continuo recuerdo de su visita a México. Además, para la menuda inversión que Rodri había hecho en la nueva línea de Sarita, le convenía que la chica tuviera una sesión apabullante con tal de recuperar plata aunque seguramente algo no monetario ya se habían retribuido. No valía la pena preocuparse, así que se permitió el lujo de disfrutar la calle mientras fumaba, ensimismándose con el sonido de sus acuosos pasos en las losas llenas de riachuelos de agua.

No, más bien es como ir andando en una fotografía se rectificó al destapar el objetivo de la Leica. Una serie de hojas amarillas asemejaban un marco de opacidad otoñal en los canalillos para desviar el agua; resultaba lindo ver los reflejos de las lamparillas en aquellos mudos charcos que había dejado atrás la lluvia tímida; esos pequeños reflejos que funcionaban como ventanas a un mundo dentro de otro tan al alcance del zapato para turbar su inherente fragilidad. Las múltiples fiambrerías y tapicerías que descansaban sobre la acera estaban sumergidas entre el silencio y la opacidad de la noche avanzada, poco le importaron los nombres aburridos que las adornaban, Los fiambres de la nona tapicerías buster, todo igual, lo mismo. La calle estaba más linda cuando se la desencajaba: era tan lindo ver hacia el canal del río sin tener que imaginar sus olas… 

Si acaso llegó a lamentar algo fue que la cámara no podía inmortalizar el sonido apagado de los árboles, el murmullo acuoso del otro lado de la calle. Aunque bueno, debía aceptar que captar el mundo a través de un lente que paraliza la perspectiva a través de la mirada fragmentada del objetivo, llevaba también una suerte de magia cotidiana, una magia que tenía tiempo sin sorprenderlo, pero sí fascinarlo.

Una mirada desde la lente puede ser una visión del mundo murmuró mientras colocaba el trípode en posición. Trrrrck, trrrrck crujió el rollo de la cámara, lo que se le antojó el sonido más satisfactorio entre todos; era como preparar unos lentes especiales para fragmentar su propia visión, la mirada a través de la Leica. Carraspeó y se inclinó, cerró un ojo, abrió atento el otro, juntó su mejilla con la mirilla y ahí estaba: una notoria oscuridad, los árboles y faroles a la derecha en una calle casi desierta si no fuera por un par de borrachos tirados en la acera de enfrente, aquel murmullo a su izquierda que se mezclaba con el lejano sonido de los cabarets. ¿Es jazz me blues o Save it pretty mama? Save it, pretty mama sería lo que respondería al refunfuñón reproche tipo-discurso-político de Rodri si lo sermoneaba por llegar tarde. En fin, preparó el encuadre y los valores de la cámara, recitándolos como el buen obsesivo-compulsivo que era; se anticipó a la casi ausente luz semejante al sopor matutino, decidió un tercer plano tan borroso como el recuerdo de una borrachera, y la velocidad con que se apropió del encuadre fue un registro leve aunque constante del continuo danzar de los árboles al son del viento frío que le cortaba la piel debajo de los guantes.

 El trípode listo, la Leica en posición, llevó el dedo sobre el obturador y cerró los ojos capturando el momento a ciegas, en un juego donde se imaginaba el resultado con los valores, pero buscando forzar la sorpresa al revelar el rollo. 25 segundos tardó el obturador en parpadear, lo demás fue mecánico: guardar el trípode, ajustarse bien la Leica y pasar de largo a los borrachos y las fiambrerías cerradas, las puertas multicolores esparcidas entre casas, la puerta del cabaret para encontrarse con la parafernalia de un show ya muy avanzado. Lejos en el escenario, las bailarinas daban tres, cuatro vueltas, sus pies moviéndose en veloces ráfagas de preciosos colores convertidos en atuendos.

“¡Eh Lucas, acá tengo un par de Millers! Escuchó a alguien gritar desde la barra. Una voz ebria entre un mar de gente entusiasmada con las chicas en el escenario. Las mesas de madera oscura estaban ocupadas por hombres grisáceos que ya comenzaban a perder el equilibrio incluso al estar sentados en las sillas. Los afiches lujosos de corte francés que decoraban la sala reflejaban los rostros enmudecidos de cuanto pasaba cerca de ellos, la luz de aquel lugar lo fascinó apenas puso un pie dentro y degustaba las tomas que podría hacer. La gente se removió en sus asientos cuando la música cesó, lo cual facilitó el acceso al escenario, lejos de la barra donde las sugerentes luces iluminaban diversas botellas de alcohol, seduciendo con sus curvilíneos juegos de sombras en el cristal. Ir hacia la vocecilla ebria, buscar un buen lugar para la foto, ir a la vocecilla, la foto, vocecilla, foto

Se decidió por el escenario, mientras lo analizaba buscando algún rostro que pudiera inmortalizar. Las cortinas de terciopelo tinto con detalles en dorado, además de ser un absurdo elemento cliché para el cabaret que buscaba transportar a otra época, podrían enmarcar perfectamente el encuadre si lo que quisiera fuera una toma común. No. Pensó en algo más, algo que pudiera destilar más historias. La vista desde la madera, abriendo la toma a las chicas cuando salieran a hacer el próximo número, un acercamiento a sus rostros desde abajo, desde la sobra de las pestañas. O tal vez no tan abajo, tal vez capturar sus movimientos desde los primeros pasos hacia el centro del escenario. Vio a un grupo de bailarinas prepararse a salir tras bastidores, calentando lentamente, estirando sus músculos, distendiendo sus cuerpos, creando bellas geometrías efímeras dibujadas con una luz cenital que se traducía en estructuras óseas desconocidas, sus rostros escondidos tras una máscara de sombras. Apoyó la Leica en el borde del escenario, comenzó su ritual de los valores; los reflectores eran una belleza para crear duelos constantes entre sombras y luces, preparó su escenario como un lienzo impresionista y dejaría que las chicas danzaran frente a su cámara, frente a él, como espectros que registran obsesivos cada cambio de movimiento cerró los ojos, anticipando el deleite.

Trrrrck, trrrrck, click. Trrrrck, trrrrck, click. Trrrrck, trrrrck, click. Supo que el show iniciaría al percibir sobre sus párpados el cambio de iluminación y levantó el rostro para ajustar nuevamente los valores de la cámara. Se congeló bajo la mirada de un rostro ensombrecido, la sombra como unos anteojos oscuros y una prominente cicatriz en la mejilla, al lado de los delgados labios en una mueca de sensualidad. Los movimientos delicados de sus manos acompañaban al cuerpo que se ajustaba geométricamente a otros detrás de ella. La comisura de su boca se elevó en una sonrisa temblorosa que lo retaba por haberlo pillado fotografiándola como había prometido hace tanto tiempo y ahora justo ahí, teniéndose frente a frente, apenas separada ella tras un mísero escenario y él con la cámara entre las manos.

Lucas se giró bruscamente y pudo sentir la pierna de palo desajustándose de su cuerpo, reclamando el movimiento abrupto. Dejó la tapa del objetivo en el escenario. Rodri intentó detenerlo mientras se tambaleaba ebrio hacia él, exudando un aliento alcoholizado. Ehh, Lucas, vení, tomate la cerveza conmigo, ¿viste a las chicas? ¿Las recordás? ¡El 76 en México, che! ¿Qué sorpresa, eh, Lucas?.



Como pudo, entre apresurado y ciego, se quitó a Rodri de encima. Balbuceó cualquier cosa, corrió a la puerta, corrió a la esquina, corrió a la siguiente. No se detuvo hasta que la cámara dejó de pesarle tanto en el cuello y la pierna rechinaba la humedad del ambiente, haciéndole imposible seguir avanzando. Tenía nauseas gracias a la carrera, tal vez al porro; en su mente como si alguién proyectara una película inconclusa en su cabeza, la sonrisa de Romina el accidente con Romina los obituarios del 76 las increíbles fotos que le había tomado a Romina hace unos minutos. Sentía un escozor extraño en sus ojos y sentía la brisa fría del viento secando las gotas de sudor que corrían por su frente.  Son sólo unas fotografías suspiró. Sabía que observaría las fotos hasta pulverizarse los ojos.