((((((Para los lectores ansiosos en descubrir otras historias, en este sábado se les está proponiendo dos narraciones. Esperamos contar con sus puntuales comentarios:::::
La absurda muerte de
Leonardo Román
Sandra Liera
Cerca de la zona
centro de la ciudad, ocurrió la mañana de ayer una serie de muertes de un
carácter tan absurdo que los periódicos locales no pudieron sino evitar
imprimir tragedia en los titulares:
en el treceavo piso de un edificio departamental, Gaby, la asistente doméstica,
olvidó cerrar la puerta de un balcón por el que Railey, el fox terrier de la
señorita Lucía Rascón, se precipitó al perder el equilibrio mientras se asomaba
a la avenida. Sorprendentemente, el perro sobrevivió al impacto, mas no lo hizo
así la señora Leticia Gutiérrez, quien tuvo el mal acierto de pasar en aquel
momento justo debajo del balcón. Entre el corro de curiosos que se congregó
alrededor del cuerpo se encontraba Eduardo Márquez, quien en ese instante
recibió una llamada en su teléfono celular recordándole que —una vez más—
llegaba tarde a una cita personal. Dividido entre la atención que le demandaba
la llamada y la curiosidad que le despertaba el accidente, no puso atención al
cruzar la avenida y fue arrollado por un autobús de la ruta 54 que circulaba a
una velocidad más bien ridícula. Pese a esto, murió de forma casi inmediata. La
señorita Leticia Gutiérrez, que regresaba en aquel momento a su departamento
tras un chequeo médico de rutina, al ver
semejante espectáculo sufrió un infarto fulminante que la hizo caer muerta
sobre Railey, quien esta vez no sobrevivió.
Leonardo
Román leyó la noticia en el periódico matutino con una mezcla de estupor y morbo
divertido, aunque esto no lo admitiría salvo para sí mismo. Apuró de un sorbo
los últimos restos del café, se acomodó el nudo de la corbata frente al espejo
de la entrada y, olvidando la noticia, se dirigió hacia el bufete jurídico
Román y Asociados, aunque un ligero sobresalto lo obligó a dirigir la mirada
hacia arriba mientras salía del edificio, quizá recordando inconscientemente
que, en el piso número once, la familia Mondragón tenía un enorme mastín
inglés.
Con
treinta y tres años recién cumplidos y un brillante futuro por delante,
Leonardo Román era todo cuanto pudiera evocar la palabra afortunado: hijo único de un
matrimonio respetable, había tenido siempre todo lo que pudieran proveer unos
padres complacientes y una considerable fortuna amasada por varias generaciones
de abogados Román: a los mejores juguetes y los mejores colegios siguieron los
mejores trajes, los mejores automóviles y las mejores mujeres, que usualmente
llegan como añadidura de éstos últimos. Encantador, atractivo y adinerado, las
pocas preocupaciones que alguien como él podía tener se ligaban las más de las
veces a alguna apuesta desventurada en el hipódromo, y aun así era un capricho
que, sin problema alguno, se podía permitir.
El
día transcurrió para Leonardo Román como tantos otros en su brillante carrera:
revisión de un par de casos relacionados con algún dinero de procedencia
incierta; intercambio de alguna mirada indiscreta con la nueva secretaria;
junta con los directivos del bufete; comida con los asociados; una afectuosa
palmada en la espalda por parte de papá; happy
hour con los muchachos de la oficina. Ligeramente embriagado de whisky y de
satisfacción consigo mismo, regresó a su departamento cuando el cielo terminaba
de oscurecer y las luces de la ciudad dibujaban una geometría errática a sus
pies. Un breve vistazo a su alrededor le recordó la noticia de aquella mañana
en el periódico, que permanecía aún en la mesa del comedor. Regodeándose un
poco en la oscura diversión que le había causado, se dio a la tarea de investigar
al respecto en la red, y encontró, junto con los detalles más escabrosos del
suceso, por lo menos cincuenta casos más de muertes tan ridículas y absurdas, y
quizá —sólo quizá— más relevantes: de la sangre de Atila al cuello de Isadora;
del vino de Calcas a la última ópera de Warred; la muerte se le presentó por
primera vez como una presencia ominosa e ineludible, y aquella misma noche, y
sólo por si acaso, resolvió mandar retirar el candelabro que colgaba en el
centro de la sala de estar.
Ciertos
sucesos aislados fueron determinando las siguientes resoluciones en la vida de
Leonardo Román: un martes cualquiera, en pleno cruce de avenidas, su automóvil
se paralizó y estuvo a punto de ser impactado por una camioneta donde viajaba
un equipo infantil de fútbol; las tormentas de mayo derribaron un árbol a dos
calles del bufete, justo afuera del restaurante donde solía ir a comer; y una
tarde, en el hipódromo, el caballo por el que apostó se salió de control y
estuvo muy cerca de aplastar a su jinete. Convencido de que una vida tan
afortunada como la suya no podía ser tan perfecta como siempre lo había
pensado, y que debía estar necesariamente signada por un desenlace terrible y
fatal, fue tomando ciertas precauciones: si al principio dejó de utilizar el
automóvil, a los pocos meses había decidido ya no abandonar en lo absoluto su
departamento y resolver todos los asuntos de la oficina por vía electrónica,
sintiéndose muy estúpido por no haber pensado antes en los cientos de
atropellados, en los asaltados, en los perros chicos o grandes que caían de los
balcones. A esta decisión siguieron otras tantas, cada cual más extrema que la
anterior: así, poco tiempo pasó para que mandara cambiar en su departamento
cualquier superficie de cristal por su equivalente en plástico, y dejó de
utilizar la cubertería por miedo de cortarse la boca y morir de una infección.
Tras un ligero traspié en la ducha, decidió no salir de su cama nunca más.
Él
mismo contrató a la enfermera que durante todo el día se encargaba de sus
necesidades más básicas, y rechazó sistemáticamente cualquier sugerencia por
parte de su familia y amigos de obtener lo que ellos llamaban “ayuda
profesional”, alegando que de ninguna manera estaba loco y que lo único que
tenía era demasiado amor a la vida, lo cual era perfectamente racional.
Leonardo
Román murió una mañana de lunes, a casi un año de su encierro, atragantado de
risa, mientras veía en la televisión un anuncio de papel higiénico, con una uva
sin semillas.
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