domingo, 6 de abril de 2014

Las voces del graffiti



Por Isabel A. Hermosillo

Hay maneras de hacer llegar las ideas, eso es seguro. Entre maneras de expresarse, hay quien se decanta por las artes visuales; otro tal vez menos agraciado con la pintura, construye narraciones que logran transportar hacia otras realidades, otros momentos, otras personas. En el cuento Graffiti, tomado de Queremos tanto a Glenda del autor argentino Julio Cortázar, se hace un interesante juego dialéctico que sienta sus bases en el discurso escrito, si bien gran parte de su interés se centra en las descripciones de un arte netamente visual: el graffiti, la innegable voz callejera de la expresión.

            La historia que transcurre en la narración puede resumirse de manera breve y puntual: tenemos a dos enamorados cuyo medio de expresión es el arte callejero, la producción de graffitis dentro de lo que se plantea como una sociedad represora muy al estilo del universo de Orwell en 1984. Sin embargo, ante la aparente sencillez de la historia, las decisiones estilísticas que subyacen dentro de la construcción del texto hacen que este cuento en particular se empape de una complicidad absoluta, donde la tensión narrativa crece a través de la voz narradora que mantiene el mismo tono estoico. Esta complicidad se ve alimentada en gran medida por el tono epistolar que se mantiene desde el inicio hasta el final de la narración ya que hay una voz que se dirige expresamente como confidente y acusador en la medida de quien habla desde una primera persona (yo) hacia ti (tú); sabe lo que hiciste y te lo va narrando poco a poco, enuncia los sucesos con guiños de complicidad expresos hacia su lector.

            La intervención de este solo narrador me hizo recordar la voz utilizada por Virginia Woolf en muchas de sus novelas, un caso icónico en Las Olas, ya que dan la sensación de estar verdaderamente dentro de la cabeza del personaje. Si bien Woolf lo utiliza para dar a sus textos una polifonía que se entremezcla, Cortázar lo utiliza de manera inversamente proporcional: sólo quiere dar una voz, pero esa voz, que es desdibujada, es tu propia voz. Hay un juego narrativo donde se expone a manera de soliloquio epistolar una sola historia; se dirige directamente a ti y como Woolf se metía en los personajes a través de un recorrido por su múltiple psique, este narrador sin rostro se mete en tu cabeza, si acaso sembrando la historia. La complicidad que antes mencionaba se hace cada vez más y más evidente de una manera bastante particular: pareciera que estás sentado frente a él, con un café frente a ti mientras te está contando una experiencia de tu vida, te ayuda a refrescar la memoria, te da salto y seña de un instante o un suceso que ya no recuerdas: te habla a ti, en segunda persona, no hay un narrador, sino un narratario y el personaje es un colectivo: tantos lectores que se acerquen al cuento serán esos múltiples y variados protagonistas.

            Esa multiplicidad de lectores se refuerza en la historia misma. La ambigüedad es innegable: no tenemos referentes, las calles no tienen nombres, los diálogos son inexistentes, la chica de quien nos enamoramos (como lectores cómplice) es también una desconocida. Y el único destello que sería capaz de borrar la ambigüedad es el graffiti. Como medio de expresarse, el graffiti dentro de este cuento hace un juego interesante de significados. Visto desde un acercamiento semiótico (que no es mi afán en este ensayo en particular) la descripción de los colores, los trazos y las formas podrían ser los contenedores de los diálogos que el narrador nos niega. Los graffitis son los verdaderos significantes en esta narración - no es por casualidad que el cuento lo porte como título - en medida que ponen en contacto a ti lector con la chica, en ellos se dialoga, ellos son el medio que hay que eliminar y gracias a uno de ellos es que la historia gira de manera trágica hacia un desenlace.

            Por su parte, el tratamiento estilístico del cuento aporta de una manera significativa la construcción de imágenes, lo cual hace que la lectura sea amena y a modo de rompecabezas: van entregándose imágenes, leves bosquejos de la realidad ficticia que se propone dentro de la historia, así que es realmente sencillo sumergirse en el tono epistolar que se propone. Considerando ahora la historia trágica junto a los graffitis significativos, me gustaría entrelazarlos con el universo visual e ideológico que va creciendo a la par. Estamos ante un cúmulo de escenarios desamparados que sólo logran transgredirse por pequeñas manifestaciones gráficas en una sociedad que suprime la expresión libre. Ya en este punto, Cortázar ejemplifica muy bien sus teorías sobre la tensión narrativa: ya puestos en aquella representación de la realidad, el frenesí de la narración para llegar al desenlace muestra un giro estilístico bastante particular y, aunque me gustaría imaginar que se hace uso del discurso indirecto libre, es otro el efecto. El narrador finalmente se descubre: no se trata de alguien ajeno a ti quien narra la historia, tú lector como personaje que actuó con los graffitis te mantienes en esa posición, es el narrador mismo quien devela su rostro y de ahí la imperiosa sensación epistolar que se mantiene a lo largo de la narración. Las decisiones estilísticas del último párrafo nos ponen ante la voz de la chica, quien casi justifica la intención del último graffiti que nos hace entrar en la vorágine del clímax en la narración. Sientes la fuerza de la narración y casi se podría hipotetizar la clave con la que deben entenderse los graffitis descritos en la historia. Estamos en la encrucijada de mantenernos en el silencio de los personajes o de entender finalmente las voces del graffiti. Casi hacen que a ti lector, también te duela la historia.




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