Por
Isabel A. Hermosillo
Hay maneras de hacer llegar las ideas,
eso es seguro. Entre maneras de expresarse, hay quien se decanta por las artes
visuales; otro tal vez menos agraciado con la pintura, construye narraciones
que logran transportar hacia otras realidades, otros momentos, otras personas.
En el cuento “Graffiti”,
tomado de Queremos tanto a Glenda
del autor argentino Julio Cortázar,
se hace un interesante juego dialéctico
que sienta sus bases en el discurso escrito, si bien gran parte de su interés
se centra en las descripciones de un arte netamente visual: el graffiti, la
innegable voz callejera de la expresión.
La historia que transcurre en la
narración puede resumirse de manera breve y
puntual: tenemos a dos enamorados cuyo medio de expresión
es el arte callejero, la producción
de graffitis dentro de lo que se plantea como una sociedad represora muy al
estilo del universo de Orwell en 1984. Sin embargo, ante la aparente
sencillez de la historia, las decisiones estilísticas
que subyacen dentro de la construcción
del texto hacen que este cuento en particular se empape de una complicidad
absoluta, donde la tensión
narrativa crece a través de la voz narradora que mantiene el
mismo tono estoico. Esta
complicidad se ve alimentada en gran medida por el tono epistolar que se
mantiene desde el inicio hasta el final de la narración
ya que hay una voz que se dirige expresamente como confidente y acusador en la medida
de quien habla desde una primera persona (yo) hacia ti (tú);
sabe lo que hiciste y te lo va narrando poco a poco, enuncia los sucesos con
guiños de complicidad expresos hacia su
lector.
La intervención
de este solo narrador me hizo recordar la voz utilizada por Virginia Woolf en
muchas de sus novelas, un caso icónico
en Las Olas, ya que dan la sensación
de estar verdaderamente dentro de la cabeza del personaje. Si bien Woolf lo
utiliza para dar a sus textos una polifonía
que se entremezcla, Cortázar
lo utiliza de manera inversamente proporcional: sólo
quiere dar una voz, pero esa voz, que es desdibujada, es tu propia voz. Hay un
juego narrativo donde se expone a manera de soliloquio epistolar una sola
historia; se dirige directamente a ti y como Woolf se metía
en los personajes a través
de un recorrido por su múltiple
psique, este narrador sin rostro se mete en tu cabeza, si acaso sembrando la
historia. La complicidad que antes mencionaba se hace cada vez más
y más evidente de una manera bastante
particular: pareciera que estás sentado frente a él,
con un café frente
a ti mientras te está contando
una experiencia de tu vida,
te ayuda a refrescar la memoria, te da salto y seña
de un instante o un suceso que ya no recuerdas: te habla a ti, en segunda
persona, no hay un narrador, sino un narratario y el personaje es un colectivo:
tantos lectores que se acerquen al cuento serán
esos múltiples y variados protagonistas.
Esa
multiplicidad de lectores se refuerza en la historia misma. La ambigüedad
es innegable: no tenemos referentes, las calles no tienen nombres, los diálogos
son inexistentes, la chica de quien nos enamoramos (como lectores cómplice)
es también una desconocida. Y el único
destello que sería
capaz de borrar la ambigüedad
es el graffiti. Como medio de expresarse, el graffiti dentro de este cuento
hace un juego interesante de significados. Visto desde un acercamiento semiótico
(que no es mi afán
en este ensayo en particular) la descripción
de los colores, los trazos y las formas podrían
ser los contenedores de los diálogos
que el narrador nos niega. Los graffitis son los verdaderos significantes en
esta narración - no es por casualidad que el cuento
lo porte como título
- en medida que ponen en contacto a ti lector con la chica, en ellos se
dialoga, ellos son el medio que hay que eliminar y gracias a uno de ellos es
que la historia gira de manera trágica
hacia un desenlace.
Por
su parte, el tratamiento estilístico
del cuento aporta de una manera significativa la construcción de imágenes,
lo cual hace que la lectura sea amena y a modo
de rompecabezas: van entregándose
imágenes, leves bosquejos de la realidad
ficticia que se propone dentro de la historia, así que es realmente sencillo sumergirse
en el tono epistolar que se propone. Considerando ahora la historia trágica
junto a los graffitis significativos, me gustaría
entrelazarlos con el universo visual
e ideológico que va creciendo a la par.
Estamos ante un cúmulo
de escenarios desamparados que sólo
logran transgredirse por pequeñas
manifestaciones gráficas
en una sociedad que suprime la expresión
libre. Ya en este punto, Cortázar
ejemplifica muy bien sus teorías
sobre la tensión
narrativa: ya puestos en aquella representación
de la realidad, el frenesí de
la narración para llegar al desenlace muestra un
giro estilístico bastante particular y, aunque me
gustaría imaginar que se hace uso del
discurso indirecto libre, es otro el efecto. El narrador finalmente se
descubre: no se trata de alguien ajeno a ti quien narra la historia, tú lector como personaje que actuó con los graffitis te mantienes en esa
posición, es el narrador mismo quien devela
su rostro y de ahí la
imperiosa sensación
epistolar que se mantiene a lo largo de la narración.
Las decisiones estilísticas
del último párrafo
nos ponen ante la voz de la chica, quien casi justifica la intención
del último graffiti que nos hace entrar en
la vorágine del clímax
en la narración.
Sientes la fuerza de la narración
y casi se podría
hipotetizar la clave con la que deben entenderse los graffitis descritos en la
historia. Estamos en la encrucijada de mantenernos en el silencio de los
personajes o de entender finalmente las voces del graffiti. Casi hacen que a ti
lector, también
te duela la historia.
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